miércoles, 25 de noviembre de 2009

Ponerse en el lugar del otro

Leímos en 4º 1º y 4º3º un cuento magistral de Abelardo Castillo: "Patrón"
En él un viejo patrón de estancia, pleno de tierras y poder, "compra" a una chica, Paula, para casarse y engendrar en ella un hijo, un heredero de su fortuna. La relación entre ellos es de pura violencia y sometimiento. El cuerpo de Paula se resiste, no queda embarazada. Antenor le pega, la insulta, la viola. Hasta que luego de tres años, la partera le dice "tas preñada". Así comienza el cuento, con esa información, por lo cual Paula siente que adentro lleva "un bicho enrollado", no un humano, no un hijo.

La consigna fue redactar un cuento con un narrador en primera persona protagonista. De esta forma obliga al que lo redacta a hacer el recorrido de la historia desde el punto de vista de Paula, tratar de entender qué sintió, por qué tomó las decisiones que tomó, ponerse en el lugar del otro/a.


Esta es la versión de Damián Gonzalez, de 4º1º (excelente según la profesora, que soy yo)



Ni mi matrimonio sin amor, ni mi cruel vida conyugal, ni aun mi embarazo no deseado, son, o han sido, peores que mi infancia. Yo, Paula, he sido desde siempre una chica sola en el mundo, sin padres y sin nadie que me demostrase ni una pizca de cariño. Sola. Mi infancia quedó marcada por la muerte de mi padre en un incendio, cuando yo era muy pequeña; y su mujer… a la que debería llamar madre, pero no puedo ni quiero, de ella solo sé que me abandonó apenas nací, aunque en el pueblo se cuentan rumores de ella, pero yo ya no quiero saber nada más. Crecí al cuidado de mi abuela, demasiado vieja para entender de compasión o de afecto. Forjé un carácter rudo e independiente… pero siempre me vi obligada a ceder a la voluntad de otros, o a que me pasaran por encima sin tener el derecho de decir nada. Y todo por el simple hecho de ser mujer ¿A quién le importa lo que siento, o lo que pienso, o qué me gusta y qué no? ¿A quién le importa si se me trata como a un animal? A nadie. Soy una mujer y solo debo obedecer a mis mayores y al hombre… Me siento sola y no hay nadie alrededor con quién descargarme, quiero llorar y no se me lo permite. Así ha sido siempre.
¿Qué mejor prueba de abandono que el que mi abuela me haya regalado a un hombre que desea casarse conmigo? Yo siempre me esforcé por ser una buena nieta y una persona extremadamente humilde, a pesar de no conocer el significado de un “te quiero” o de nunca haber sentido una caricia en mi rostro… y ahora mi abuela me regala. Está adentro con Don Antenor, un hombre que tiene más del doble de mi edad, un anciano para mi, que tiene fama de ser un mal tipo de tratar mal a la gente que está con el. Sé que mi abuela no me preguntará si quiero casarme con él (le convendrá que yo lo haga, pues es el dueño de La Cabriada, la estancia más rica del partido). Tengo miedo, estoy asustada… mi cabeza es un gran remolino de ideas y de pensamientos.


Mi abuela me ha regalado al fin, seré su mujer.

Ya estamos casados, y ahora vivo con él en una casa enorme con vista a su vasto campo, que parece no tener fin. La única persona que vive ahí es una mujer que ayuda en las tareas caseras, y luego unos perros feroces. Ya me han dejado en claro que mi lugar aquí está en la cocina, y debo atender a mi marido en todo lo que necesite, porque él es el dueño de todo y el que me mantiene ¿Quién se cree que es? Esta no era la idea de matrimonio que yo tenía, aunque no era mucho lo que esperaba de él. Disfruta de humillarme… no me conoce, no sabe quién soy; y para él no soy más que un perro. Está claro que todo lo que quiere de mi, es un hijo, pues me lo ha dicho, un hijo que trabaje en sus campos. Y yo estoy decidida a no dárselo. Lo odio con toda mi alma, odio que me hable, que me toque, que se me acerque… su horrible cara arrugada y su presencia me causan asco y terror.
Por las noches, este maldito me toma a la fuerza y me obliga a hacer el amor. Tengo solo dieciséis años, y me duele… me duele como el infierno. Mi orgasmo es como un pedido, o una súplica de ayuda y de consuelo, y a él no le importa. Siento la sangre revolucionarse en mi cuerpo, y mis entrañas me arden en el momento en que me penetra en la interminable búsqueda de su hijo. No lo tendrá, lo juro por todo lo que es justo en la Tierra, que él no quedaré embarazada, para darle el gusto.
Un día, yo misma presencié que le pegaba a uno de los tantos peones de la estancia que me miraban. Ellos me desean desde que llegué, porque saben que soy mucho para el viejo del dueño. Vi que dejó a uno tendido en el piso, (creo que fue lo único lindo que lo ví hacer por mí, en todo el tiempo que viví con el), pero luego le dijo que si andaba alzado, cuando yo le diese en hijo, me regalaría a él. Lo desprecié tanto que quise golpearlo yo, pero sabía que si hacia eso, lo único que me esperaría seria la muerte, y yo no había hecho nada jamás para merecer tal castigo. Me contuve, pero me era difícil mantenerme firme y seria.


A los dos años, mi abuela murió. Yo me había quedado completamente sola en el mundo, con aquel monstruo degenerado que tenía de marido. La noche que volvimos del funeral me tumbó en la cama, como solía a hacer y me poseyó con su malicia y desesperación. Yo todavía no daba indicios de embarazo alguno, y eso me tranquilizaba un poco, pero aún así, él continuaba violándome y para mi era como si un buitre me estuviera comiendo las entrañas.

Es el tercer año, y he quedado embarazada. No puede ser… tiene que ser un sueño. El hijo de perra se ha salido con la suya. Me he quebrado y lloro de rabia, de desesperación y carcomida por el odio eterno hacia Antenor. No sé en que buscar consuelo, pues jamás lo había tenido. Y por fin ha sucedido, el cerdo me ha golpeado. Su mano es dura y fría como el acero, y me pide que le conteste si estoy o no, embarazada verdaderamente. Me insulta… me amenaza… me ha mandado de la partera.
La vieja Tomasina me ha dicho que estoy preñada. ¿Preñada? ¿Soy un animal? Al parecer sí, y menos que eso también. Ahora no solo cargo con mi propio dolor y sufrimiento de mujer, sino que llevo a su bastardo endemoniado en mi vientre, como un asqueroso insecto, y no puedo quitármelo.

He vuelto a casa de lo de la partera, y mientras le cebo mate a Antenor, tratando de no mirarlo con el asco que le tengo, veo como marca a sus toros con acerco caliente y me siento identificada en la mirada y en los gritos de esos pobres animales, que están a merced del monstruo. De repente y en tono calmado, Antenor me pregunta que me dijo la partera, y en eso, un toro salido de control, lo levanta por los aires y lo atropella con furia y locura; yo grito… ¡Pero como desearía ser ese toro!. Ahora veo el cuerpo del viejo en el suelo, tendido como un trapo, y todos los peones están a su alrededor tratando de asistirlo. Está inconsciente por completo.

A partir de que Antenor quedó postrado en la cama, sin la posibilidad de volver a caminar o moverse otra vez (al menos eso era lo que había dicho el médico), yo fui tomando conciencia de a poco, de lo que le sucedía a mi entorno, y de cómo todo se iba moldeando de manera distinta. Mi marido convaleciente y casi inmóvil, yo a cargo de la casa y de la vigilancia de los peones y embarazada, esperando a su monstruito, que me hacía sentir en cada patada que daba, que sería igual de horrendo y malvado que el viejo de su padre. Solo el médico, que venía solo si yo lo llamaba, el capataz de la Cabriada y el viejo Fabio visitaban a Antenor en su inmovilidad y silencio total. Entonces yo comprendí las cosas y el odio que había estado acumulado en mí después de tanto tiempo, fue empujado por un deseo de victoria creciente, y no tardó en desparramarse por todo mi ser, envenenándome y cambiando mi rostro y mi actitud. Tenía una idea… una idea macabra, pero que conforme pasaba el tiempo, la iba adaptando a la situación. Comencé a cuidar arduamente a Antenor y a administrarle las medicinas recetadas por el médico; muchas veces, cuando el se sacudía en su ahogo y parecía que se iba, yo me acercaba a él, y con firmeza y seriedad le recordaba que estaba por nacer el hijo que tanto había esperado, y él debía verlo. El viejo se calmaba y yo me iba. Era lo único que le decía.

Con el paso del tiempo, yo me convertí en la única persona que visitaba a Antenor. Mi odio y mi furia crecían paralelamente a mi vientre. Me hice de autoridad y poder en la estancia, y me aseguraba de que Antenor no muriera, pues yo debía mostrarle a su hijo. Pero también estaba asustada… asustada porque iba a hacer lo más inhumano que alguien podría hacer ¿Pero a quién le importaba? ¿Qué ejemplos había tenido yo, que me demostrasen que eso estaba mal? Por momentos perdía la cordura y el poco sentido de la moralidad que tenía, solo encontraba odio y maldad en mi interior, y me aferraba a eso, cada vez que metía la cuchara con medicina en la boca de Antenor… pero aún así le repetía que su hijo nacería, y el me comprendía y se esforzaba por mantenerse con esperanzas. Eché a la mujer que me ayudaba a la cocina, y entonces obtuve la llave con acceso a todos los cuartos de la casa. Me había levantado al fin, y yo era la patrona de la casa, y no Antenor. Al parecer, el viejo debió de percibir mi estado, por lo que comenzó a mirarme cada vez menos, y por momentos llegué a creer que me tenía miedo. Si así era, mejor entonces, pues mejor me sentía yo, viéndolo sufrir.

Fue en el invierno que el bebé nació. Yo había tenido un varón, pero que ni siquiera nombre tenía. Yo estaba ocupada en otras cosas, como para pensar en eso. No mandé a llamar a la partera. El día anterior, había logrado deshacerme con artimañas y mentiras, de Fabio y de Tomás, el cuidador, ya que sabía que eran las únicas personas que rondaban por allí, y que podían entorpecer mi plan.
Recuerdo bien aquel día. Yo subí lentamente a la habitación del viejo. Estaba tan nerviosa que las piernas me temblaban y creí que el niño se me iba a caer de los brazos… pensé que no iba a poder, pero mi deseo de venganza me mantenía erguida y me daba fuerzas para continuar. Entré en el cuarto del viejo del viejo. El estaba sentado en la cama, totalmente rígido. Fue ahí cuando los nervios se me fueron, y la vista se me nubló de rabia y asco. Ya estaba decidida. Lentamente y apartando el resto de mi cuerpo de él lo más que pude, dejé al niño sobre las sábanas. Mis y ojos y los del viejo se encontraron, me sentí confusa y distraída por un segundo. Antenor estiró un brazo hacia mí y con el otro se apoyó en la cama esforzándose por no aplastar al niño. Distraída como estaban, vi que sus dedos rozaron mi pollera. Invadida por mi rabia me eché hacia atrás, pues me daba asco que ese viejo horrible me tocara de vuelta. Arrinconada contra la pared vi la pose en la que Antenor había quedado, y como agarraba al bebé con una sola mano, y se esforzaba por no caer. El niño comenzó a llorar, y yo decidí que ya todo estaba terminado y no tenía nada más que hacer allí.
Cuando salía del cuarto, no se por qué, pero involuntariamente miré por última vez a Antenor. Lo vi otra vez sentado, aferrándose a una de las correas de la cama con una mano, y teniendo al niño con la otra. Delante de ellos podía ver el campo, amplío e interminable. Un espectáculo que no me causaba sentimiento alguno.
Al salir, cerré la puerta con llave, y mientras pensaba en la ultima imagen del maldito de mi marido, simplemente tiré la llave de cuarto al aljibe, antes de atar el sulky. No supe cómo, pero me sentí aliviada. Mi ira se había calmado… solo sentía tranquilidad; ni penas, ni arrepentimientos, ni miedo, solo tranquilidad. Me había vengado y eso era lo que importaba. Con toda la insensibilidad del mundo cebé un mate y me quedé tranquila viendo el paisaje campestre, sin reflexionar sobre nada, solo alegría y satisfacción de que la bestia estaba ahora en el infierno, sola con su preciado tesoro, de donde nunca más saldría.

Otra versión interesante, de Santiago Morales Volosín, de 4º1º (a él no le gusta pero a mí sí)

Años pasaron desde la muerte de mi padre. Hoy, en el campo. Hoy, con mi abuela que no me ama.
Llegó rápido un día, un día que no pareció irse como el resto. Aquel día iba a tatuarse en el resto de mi vida.
El viejo llegó al rancho, y así como entró, salió y me dijo que mi abuela quería hablarme.
Si, claro, asentí.
Al mes siguiente, ese viejo frío y arruinado era mi esposo.Yo era la señora de Don Antenor.
Esa noche, sudado me llevó a su campo. Hermoso cielo y montes empinados a lo lejos. El hábitat del mounstruo no demostraba ni un poco de el alma de quien lo habitaba. Me dijo que lo único que quería era un macho para su campo, se aferró de mi cintura y me tiró en la cama.
No pude elegir, esa noche fue, esa noche pasó. Pero el viejo no obtuvo lo que quiso, no quedé embarazada.
Ésta fue mi maldición.
Un día mientras lo buscaba, un peón se asomó tras una parva. Antenor lo enfrentó y un grupo de peones se pusieron enfrente de él.Él supo muy bien que nada podían hacerle, y le dijo al que me habia mirado mientras lo pisaba, que cuando yo le diera un hijo me regalaba.
Yo ya no podía escapar de mi sumision, estaba sola, era un animal, era una herramienta. Una herramienta de herencia para un viejo sucio e infeliz.
Un día tuve un retraso, como tantos otros días y el viejo furibundo me mandó a dormir. Al día siguiente veríamos a Tomasina.
Desde el Sulky vi los ojos de una ternera, recién marcada con una "A". Era yo desde sus ojos, mi espejo. Maldita en vida.
Escupida en el medio de la cara por el destino. Viviendo atada, imposibilitada a cambiar la dirección de su vida.
Yo nunca iba de ser alguien, ese día terminé de entenderlo. Yo era de los demás, y nada era mío.
Cuando le iba a decir que Tomasina anunció mi embarazo, un pinto lo embistió y lo dejó inmóvil.
Luego tirado en su cama le dí la noticia...iba a tener un hijo.
No iba a permitir que muriera hasta tenerlo. Este iba a ser el sello de la vida de mierda que había tenido. Lo iba a hacer ahogarse en su propia salsa.
Esto que yo gestaba involuntariamente, era como una enfermedad, y para ese ánimo enfermo, la cura era la muerte.
Iba a ver el viejo quién mandaba ahora, pasaron los meses. Esta semana iba a librarme de cuanto hubiera en mi del viejo. Esta semana iba a dar a luz.
El viejo en la cama, me miraba y comprendía. En realidad no comprendía, estaba estúpido por la llegada anunciada de su hijo, pero algo en mi mirada lo hacía sentir el peor de los miedos.
Me encargué de que no hubiese nadie en casa, di a luz a su hijo yo misma. Lo lavé, lo puse en una manta y se lo entregué el viejo medio caido para no aplastarlo tenía una sonrisa, que era más una mueca irónica que la alegría de una sonrisa.
La verdadera ironía, es que él ya tenía lo que quería, pero ninguno de los dos iba a vivir lo suficiente para hacer nada de su campo.
Cerré la puerta del cuarto con mi llave. Esa que me había dado el control desde aquel accidente.
Agarré mis cosas y me fui. Fui a cuidar del rancho que mi abuela había dejado. Agonizo por una enfermedad que no he tratado.

Yo soy Paula, y he de terminar lo que nunca fue nada.







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